Diderot! arte y acciones artísticas

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Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

After work artístico


Estreno este blog con una crónica. No siempre será así: en un futuro encontraréis reflexiones, preguntas, críticas, alaridos disparatados y mil historias más que pasen por mi mollera, pero ahora me ha apetecido rememorar un acontecimiento al que asistí y me lo pasé bien.

Hace unas semanas, recibí una invitación de la agencia de publicidad Igriega para asistir al estreno de “After work Heineken”: unos encuentros de carácter informal y periodicidad variable, donde se habla –con la presencia de uno o más especialistas- de algún tema estimulante a nivel creativo (después, si uno quiere, se queda a cenar). Esta vez, el encuentro fue en el Restaurante La Camarga (sí, el del mítico ramillete de flores con micro oculto) y el tema escogido fue “El arte y el anti-arte”. Los ponentes para hablar de todo esto, fueron Juan Bufill y Vicenç Altaió. El primero es conocido sobre todo por ejercer la crítica de arte durante un montón de años en “La Vanguardia” (también practica varias disciplinas artísticas) y el segundo es sencillamente "el Altaió”, uno de los pocos críticos de arte de por acá con marca personal y que se autodefine como “traficante de ideas”. Entre el público, poca gente del sector artístico supe identificar (el mundo del arte en Barcelona, es un mundo pequeño en una ciudad pequeña). Quizás erré del todo en esta apreciación, pero mientras la charla no empezaba, este juego de sociología improvisada me sirvió para matar el tiempo: ¿serían publicistas? ¿comerciales? ¿habría algún especialista a colarse en convites? No lo sabré nunca.

Bufill abrió el fuego con una disertación sobre el arte y el anti-arte, haciendo hincapié en la historia del arte. Lo relevó Altaió, quien apostó por un tono bastante más lírico y planteó la citada dicotomía en términos de aquello que nos es ignoto (o no) en materia artística, talmente como pasa con el cerebro o el espacio donde hay partes que infrautilizamos o directamente desconocemos. Remató su intervención subrayando que muchas prácticas de hoy –que pretenden hacer tambalear la definición de lo que es arte- caen sistemáticamente en la academia más fatua (en esto, los dos estuvieron de acuerdo).

Entonces llegó el turno de dar la palabra al público. Y la primera persona que intervino (no sé quién era), se le tiene que reconocer que alborotó el gallinero con gracia. Más o menos afirmó que los dos ponentes ya tenían una edad, que eran un poco viejecitos y que situar el anti-arte en un lenguaje meta-artístico, de simple negación de los precedentes artísticos, era algo superado, demodé (tan demodé, como decir en 2015 demodé, ciertamente), y que el arte de verdad (o el anti-arte, la verdad es que esto no me quedó claro) era aquel que no precisaba del arte anterior y se situaba en unos códigos puramente de acción política o social. Inmediatamente, para intentar entenderlo, me vinieron ganas de preguntarle a quién consideraría un artista más auténtico (según sus parámetros rabiosamente actuales), si a un artista que hiciera una acción invisible para denunciar la burbuja inmobiliaria (que a lo sumo, la colgase después en Youtube) o a toda aquella gente que mañana se levantaría en Barcelona a primera hora de la mañana para detener un desahucio, con el riesgo muy real de recibir un golpe de porra todavía más real. No lo hice, porque necesitaba pensar más y se me solapaba otro interrogante: ¿“puede haber una obra de arte hoy –partiendo de la clara saturación de imágenes que sufrimos- con un efecto sobre la ciudadanía equivalente a la que tenía La libertad guiando al pueblo de Delacroix en la Francia del XIX?”; mientras cavilaba todo esto, Bufill respondía al interviniente que en ningún caso había limitado la cuestión a un simple juego referencial y que no lo había entendido (el interviniente, por su parte, se apresuró a considerar que Bufill tampoco lo había entendido a él). Cuando parecía que el debate entraría en un bucle sin fin, apareció providencialmente el poeta David Caño, quien profundizó en la idea del no-objeto como garantía de la no mercantilización de la obra de arte. Entonces Altaió improvisó una tesis de cariz “generacional”, en la que los artistas más jóvenes –a diferencia de los de antes- quizás estarían más interesados a situar la obra de arte en el intersticio del “no-no”.

Y en aquel momento pasó algo inaudito. Un arcángel (¿Gabriel? ¿Miguel?) asió mi brazo y lo elevó (yo solo nunca lo habría hecho) y con voz ronca pregunté algo parecido a esto: “Cada año, en ARCO, hay una obra que se lleva todo el protagonismo, porque la mayoría de medios generalistas la señalan por su supuesta carga polémica. Este año fue un vasito de agua –algunos rotativos decían que era de aguardiente- del artista cubano Wilfredo Prieto, que presentó la galería catalana Nogueras Blanchard con un precio de 20.000 euros. La pregunta es bien sencilla: ¿cómo os aproximáis a esta obra?”

Visto ahora en perspectiva, me vienen a la cabeza dos reflexiones: cómo se me ocurre hablar de vasos de agua en un evento patrocinado por Heineken y como mi pregunta era y es la que hace más pereza de contestar a una persona versada en arte. Me huelo, incluso, que tenía una pizca de maldad (inconsciente, lo prometo). La cuestión es que Altaió le cedió el micrófono ipso facto a Bufill y éste me contestó que con “desconfianza”, que él había defendido a muchos artistas conceptuales, pero que desconfiaba de los seguidores (¿hijos bastardos?) de Duchamp. Mientras, Altaió no decía nada, pero esbozaba una fina (y fija) sonrisa, como si adivinase lo picaresco de mi pregunta. Finalmente, empuñó el micro y me dijo que con “humildad”, injertada –eso sí- del escepticismo consustancial a su persona y teniendo en cuenta el consejo de un amigo científico, que le hizo notar que mientras más abriese el angular de su mirada, más cosas podría ver (para entendernos: si miras una piedra con un microscopio verás principalmente microorganismos; si tiras un poco atrás, verás que es una piedra y que a lo mejor era el sillar de un edificio histórico y, si repites la misma operación, quizás te enteres –gracias a otra persona- que encima de aquella piedra un gran poeta escribió sus versos más inspirados. C'est pas mal).

Esta alusión a la ciencia me disparó la imaginación y fantasee con la idea de crear una fórmula para comprender las obras que no entendemos (si es que las quieres comprender), y de hacerlo a partir de elementos químicos raros –sin tragárnoslos, claro está- como aquellos “californio” y “einstenio” que nos hacían memorizar con sangre, sudor y lágrimas en bachillerato.

Al final, la encontré: Oi = Bf + Alt = OpOi

En cristiano: Obra ininteligible = Bufilio (desconfianza) + Altaiodina (humildad escéptica)= tu Opinión sobre aquella Obra Ininteligible.

Conclusión: sea agua o cerveza, siempre hay que beber con moderación.

P.S. Prieto no es el único artista que ha usado un vasito de agua. En 2014, Cara Despain (una artista de Utah) utilizó uno para hacer un póster donde denunciaba la fuerte desproporción entre hombres y mujeres en el total de artistas representados a las galerías de Nueva York y Los Angeles. Para que veáis, lo que puede dar de sí un vaso de agua.

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