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Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

Crítica a El día del Watusi de Francisco Casavella

Crítica a El día del Watusi de Francisco Casavella
MARROYO, Ignasi. Una niña en el Somorrostro (detalle), 1964. Arxiu Nacional de Catalunya, Sant Cugat del Vallès.

Leo poca ficción y cuando decido hacerlo, busco siempre a alguien que sepa un montón (de ficción, claro está) para que me recomiende. Básicamente para evitar mosquearme. No sé si es algo común, pero me pasa que si leo una ficción que me parece que no vale nada me molesta mucho más que si me trago un estudio irrelevante. La sensación de pérdida de tiempo me parece mayor. Quizás es algo injusto, estúpido o va de los sesgos psicológicos de cada cual, pero tampoco profundizaré mucho más. No hay que llegar siempre a la raíz de todo.

Me he leído El día del Watusi de Francisco Casavella porque busqué consejo en una persona que si parara de leer ahora (y yo no parara nunca de hacerlo durante 50 años), no la alcanzaría. De referencias, pues, acumula unas cuantas. Puede comparar y escoger sobradamente. Digo todo esto, porque antes de compartir lo que me ha parecido la novela, he buscado por curiosidad qué habían dicho de ella. Y parece que en el caso de Casavella, para que tu opinión sea respetada, tienes que demostrar ante notario que no eras colega suyo. No lo era (murió prematuramente en Barcelona en 2008, con solo 45 años), a pesar de que tengo que confesar que vivo en la misma calle pomposa -de nombre, no de aspecto- donde vivió él. Por lo tanto, puedo afirmar con solemnidad que nada enturbia la presumible objetividad de lo que sigue.

Seré muy breve. No somos nada y nunca sabremos nada: Fernando Atienza, el protagonista, lo tiene bastante presente –momentos de flaqueza aparte- y a nosotros se nos olvida con demasiada facilidad (aunque sea una idea que siempre vuelve, la muy aguafiestas). De la novela me queda especialmente ese flagelarse del protagonista (que como lector te puede llevar desde la ternura a la risa condescendiente... justamente porque en ese momento eres un bobo que te has olvidado que NO somos nada). También, como no, esa Barcelona pre-olímpica como telón de fondo, la descripción de algunas carcasas convergentes de esa misma época y la creación de personajes absolutamente redondos como Elsa.

Pero la novela tiene un problema. Casavella te exige como lector, te obliga a releer, pero escribe más para él que no para los demás. Ignoro qué dicen los estudios literarios sobre el tema. Quizás la buena narrativa va de eso, pero a mí me rechina si el desvarío acaba provocando la desconexión con la obra (no con el escritor). Y no va de poner las cosas fáciles, supongo que esto ya se entiende.

Vaya por delante que a la novela no le sobran páginas. Solo que alguien le tendría que haber apercibido mejor o más intensamente, si es que Casavella se dejaba advertir por alguien (soy plenamente consciente de la insolencia de lo que he escrito, sobre todo por mi falta de autoridad, pero es lo que siento). Es una novela monumento, en la que se entrevén años de escritura, de trabajo duro y destilación de centenares de lecturas. Pero sobre todo es una novela de 878 páginas donde el autor es un hombre – estoy totalmente convencido- que se lo pasaba muy bien escribiendo... solo, claro. Porque siempre se escribe solo. Cada párrafo está batallado, hay frases que un servidor no escribiría ni que se apuntara a un millón de cursos de escritura (se podría extraer un libro de aforismos –algunos de ellos, más bien simulacros de aforismos, por seguir con la broma insistente con la que Casavella ataca sin piedad a los posmodernos durante toda la novela- que se convertiría en un best seller), pero en muchos momentos se queda solo, desconecta. Demasiadas veces para mi gusto. No en vano, tanto el prologuista como mi prescriptora (lo supe después), consideran que esta no es la mejor novela de Casavella. La que lo sea, tiene que ser una experiencia increíble, no tengo la menor duda.

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