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Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

La Bienal de Venecia y la pasta (y no me referiero a los penne rigate)

Obra de Sarah Lucas en el Pabellón Británico de la Bienal de Venecia 2015.
Obra de Sarah Lucas en el Pabellón Británico de la Bienal de Venecia 2015.

Ahora haré una cosa que nunca tendría que hacer un crítico de arte: hablar de algo que no ha visto. Pero lo haré, porque he ido leyendo noticias sobre el tema en cuestión y no me puedo resistir de hacer unas cuántas reflexiones. Me refiero a la Bienal de Arte de Venecia, clausurada hace pocas semanas.

No he ido este año, ni los anteriores, ni posiblemente los que vendrán. Sencillamente, creo que no va conmigo. Me hace pereza, lo siento. En primer lugar, es demasiado grande. Cuando se trata de arte, me gusta ver una sola obra, una exposición temporal o un gran museo repartido en varios días o semanas (esto último, tristemente no lo he podido hacer casi nunca). Una bienal de estas dimensiones y con la humedad que hay en Venecia no me cabe ninguna duda de que me agotaría: aproximadamente 90 participaciones nacionales, 44 eventi collaterali y la muestra del comisario-director con 136 artistas. Too much. Es cierto que podría ir, proponerme de no verlo todo y hacer una relajada passeggiata en la que sólo me pararía ante aquello que me interesara. Pero el ruido me lo impediría:

“Cada vez son más los agentes del arte contemporáneo que ven en Venecia el mejor de los escenarios para proyectar su imagen. Se diría que aquí se concentraría todo el peso de la vanguardia intelectual, la pompa del aparato curatorial, el alto poder institucional... pero esos cada vez son los menos, abrumados ante la avalancha de mercaderes, coleccionistas, plumillas, arribistas, blogueros e instagramers, folclóricos y relaciones públicas con ínfulas de variado grado. Aquí estamos casi todos” (Javier Hontoria, “Venecia, mil futuros inciertos”, El Cultural, 06-05-2015, edició digital).

Un dato curioso e interesante a la vez: dos de las obras más fotografiadas y compartidas de la bienal han sido las creadas por Pepo Salazar y Francesc Ruiz ubicadas en el pabellón español (en la primera sale Britney Spears; en la segunda, un quiosco repleto de pornografía gay con la inscripción “Materiale per adulti. Vietato ai minori”).

El otro inconveniente sería el peso de la historia. Casanovista como soy, no puedo ir a Venecia y obviar los rastros del siglo XVIII y los efectos que producen en mi imaginación (el escenario me turbaría). Pero es que después del ruido y la historia, viene esa llamativa disposición en pabellones nacionales que no me acaba de cuadrar:

“En general, los Giardini me dieron la sensación de que se trataba de un parque Disneyland del arte contemporáneo. El tipo de interacción psicológica con el contenido se fundamenta en los mismos principios de entretenimiento y competencia de un parque temático; parece, incluso, que los países y los artistas se pongan de acuerdo para no hacer obras parecidas” (Albert Serra, “Un passeig per Venècia”, Bonart, 171, 2015, p. 9).

Quizás, más que un parque de Disney, el formato me hace pensar en Eurovisión, con el agravante de estar afectado por lo que podríamos denominar “síndrome de Two Man Sound”: aquel grupo que la gente escuchaba por la radio creyendo que era brasileño, cuando en realidad provenía de la lluviosa Bélgica. En la bienal encontramos artistas que representan el país donde nacieron (pero que viven desde hace años en Londres o París) o a comisarios extranjeros -en relación al país que les paga- que dan una ayuda al artista nacional de turno... debe de ser que enriquece el resultado final o que no encuentran ninguno en su país. Para el tipo de mundo en que vivimos actualmente, me parece todo ello un pelín confuso . Ya hace tiempo que los teóricos del arte no buscan las supuestas características de un arte puramente nacional: ahora están distraídos en otras cosas.

Si los pabellones nacionales sirvieran para visibilizar artistas poco conocidos de los países representados, podría estar bien, no lo niego. Pero la cosa no va por aquí: muchos de ellos están vinculados a importantes galerías nacionales e internacionales. No son unos mindundis. Con todo, lo que realmente me distancia más de estos pabellones es que los veo como un tipo de artefactos propagandísticos (inútiles en dicha función), producidos por unas instituciones oficiales que a su vez forman parte de unos gobiernos donde la cultura se considera –en el mejor de los casos- una “chorradita” ornamental.

Pero si los pabellones me chirrían, la figura del súper-comisario todavía me genera más dudas:

“Yo vivo en Suecia. Aquí invitaron el comisario, Okwui Enwezor, a hacer no sólo visitas a estudios de artistas –siguiendo muy claramente sus criterios y presentando artistas en la línea de su planteamiento para Venecia– sino que también el máximo museo lo invitó a hacer una conferencia importante. Varias instituciones trabajando conjuntamente, hablando entre ellas y no compitiendo. También se aseguraron de informar que si salían artistas suecos no tendrían que sufrir por la producción. El resultado es que hay cuatro artistas del contexto sueco en la exposición. El número de habitantes de Suecia es comparable al de Cataluña, para hacernos una idea” (Maria Palau, “A Dalí l’entenem millor avui”, El Punt Avui, 01-05-2015, edició digital).

Quién dice esto es Martí Manen, comisario del pabellón español, a quien agradezco enormemente que se explique así, sin filtros. Queda claro. El país que tenga bastante pasta para invitar a la corte curatorial y le sirva artistas del gusto del comisario, tiene más posibilidades de sumar artistas patrios en el casillero de la exposición principal (la repercusión de participar en esta muestra es casi la misma que tener un pabellón). Esto tiene sus inconvenientes, como podéis imaginar. Elijamos un país al azar: Grecia. El 2015 ha sido su año, sin duda. Por razones obvias, el gobierno griego no iba muy sobrado de presupuesto para invitar a Enwezor & co, pero intuyo que la terrible situación del país ha dado interesantes frutos artísticos. Siempre ha sido así, las crisis fomentan la creatividad (Detroit es un buen ejemplo reciente). La pregunta es: ¿cuántos artistas griegos ha habido en la bienal? Cómo decía el chiste, “uno o ninguno” (Maria Papadimitriou; en el pabellón griego, naturalmente). No querría que se me mal interpretara: a mí me hubiera gustado que en la bienal se hubiera visto arte griego interesante, no arte activista griego porque toca (“creerse el arte activista –dijo Manuel Delgado en una conferencia- es creer que el formato de “fiesta sorpresa” es una fuerza de cambio real”). La cuestión es que no hubo ni del uno, ni del otro.

A pesar de haber estos condicionantes económicos, se podría dar el caso que la muestra del comisario sirviera para conocer el arte que hacen los más jóvenes. Pero nos volvemos a topar con una negativa (1↓): el 65 % de los artistas tenían más de 40 años y el 12 % estaban muertos. O más mujeres: nein, la proporción estaba en un 62,6% de hombres vs un 37,4 % de féminas. O más artistas que no fueran occidentales: rien de rien, el 70 % eran europeos o norteamericanos (más o menos como los desayunos que te encuentras en la mayoría de hoteles del mundo). En relación a esto, resulta gracioso que la organización escogiera como comisario al nigeriano Okwui Enwezor para aumentar la multiculturalidad del evento –suelen invitarlo para eso- y que algunos periodistas le criticaran la elevada presencia de artistas jóvenes africanos, en tanto que no la veían del todo justificada: “Yo no he escogido a nadie por su color. (...) Hay artistas negros buenos y hay artistas negros malos. Pasa lo mismo en todas las razas”, contestó enojado (2↓). Pero los periodistas nunca tienen bastante y le preguntaron si creía que su bienal estaba demasiado cerca del mercado. Enwezor, un poco ofendido, advirtió de los peligros de hablar más de la cuenta, porque en el fondo todos somos partícipes (3↓). En parte tiene razón: el mercado, el capital, está en todas partes y sería ingenuo no querer ver sus interferencias (a veces insoportablemente asfixiantes, a veces inexistentes, si se entiende la inexistencia como un primer grado de existencia). De hecho, según me cuentan, en la misma bienal, en una metáfora casi perfecta, numerosas galerías alquilan palazzos que se confunden con los eventi collaterali. Ahora bien, discrepo con él sobre que no se pueda hablar. En esta última edición de la bienal, Enwezor ha hecho hincapié en el debilitamiento del contrato social. Yo me conformaría en saber como era el suyo (de contrato). Más que nada, porque con lo que cobró en 2006 para dirigir otra bienal, la de Sevilla (recordada por todo el mundo), seguramente yo aún podría estar viviendo este 2016 (la fundación promotora de este acontecimiento, en 2011 todavía arrastraba una deuda cercana al millón de euros).

Y es que en esta bienal todo parece ser ambiguo. Arte, mercado, interés... o desinterés como el que manifiestan algunos artistas que participan en ella. A la pregunta sobre qué esperaban de su paso por la bienal, el colectivo Cabello/Carceller contestaba en El País “absolutamente nada; no nos creemos nada del mundo del arte” (4↓). Antes ya hemos visto como Albert Serra -el artista invitado para representar Cataluña- consideraba el acontecimiento casi como un parque temático para gente distraída. Pero todos han ido. Quizás tendría que hacer lo mismo. Olvidarme de lo reflexionado aquí y plantarme allí. Quizás me gusta. Y si mis temores se confirmasen, siempre me quedaría el Harry’s Bar, donde podría pimplarme unos cuantos Bellinis. Seguro que me encontraría alguien –dolorido de los pies de andar tanto por la bienal- con quien podría hablar del colorismo de Tintoretto o de cualquiera otro asunto artístico actual.

NOTAS:

(1) "The 2015 Venice Biennale in Numbers" (en línea), https://www.artsy.net [Consulta: 01-12-2015].

(2) Ángeles García; Milena Fernández, "Venecia convierte su 56ª Bienal en un volcán de arte sociopolítico", El País, 06-05-2015, edición digital.

(3) Javier Hontoria, “Venecia, mil futuros inciertos”, El Cultural, edición digital.

(4) Tania Pardo, "Dalí utilizó su ambigüedad como elemento de trabajo", El País, 07-05-2015, edición digital.

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