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Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

Crítica a la no tan nueva sección de arte moderno del MNAC (ahora Museu Nacional) [2ª parte]

Una de les nuevas salas de la sección de arte moderno, durante la renovación.
Una de les nuevas salas de la sección de arte moderno, durante la renovación.

Continuamos el paseo. Ahora toca el segundo gran bloque: “Modernismo(s)”. En el primer apartado, un plato fuerte, Modernistas en París, el cual sigue el planteamiento general de la renovación de la sección: airear el almacén. El siguiente apartado, Modernistas en Barcelona, resulta extraño. Los responsables del cambio afirman que no quieren crear jerarquías, cánones, pero cuando leo el texto de sala me da la sensación que se intenta crear un clímax narrativo, conformar un mito: “Si hubo un lugar en Barcelona que representara una modernidad de raíz parisiense, fue la tasca Els Quatre Gats (1897-1903), fundada por un grupo de artistas que había residido en París –Casas, Rusiñol, Utrillo– y propiedad de Pere Romeu, uno de los principales protagonistas de la bohemia barcelonesa”. Pero compruebo que es un espejismo. No hay un intento decidido de recreación ambiental (la colocación del tándem de Casas y Pere Romeu, ya lo dice todo), contextual o documental. En cambio, sí que hay obras que no tienen nada que ver con aquel local. No hay que andar mucho: la primera obra que te encuentras es un cuadro vinculado a Sitges hecho por Miquel Utrillo. Cuando lo veo, inmediatamente pienso en el triste interactivo de la entrada del museo, el que pretendía animar a viajar a los visitantes por el resto del país. Pienso cuanto más de efectivo habría sido explicar al público, que hay una localidad cerca de Barcelona, con un paisaje árido y muy especial, que atrajo a una colonia de artistas que la pintaron de una “maniera” muy característica; donde pasearon en procesión cuadros de El Greco (todo un happening avant la lettre, con el que recuperaron un artista que fue crucial por una larga lista de artistas modernos) y dejaron una impronta tan fuerte, que marcaron de manera definitiva el signo futuro del lugar. Sitges, como Olot en el bloque anterior, son de las poquísimas localidades que protagonizaron capítulos artísticos con suficiente entidad para ser subrayados (conectados, además, por la vía directa con las corrientes pictóricas de otros países europeos, como son Francia e Italia). El resto (al margen de aquellas personalidades aisladas y esparcidas por todo el país), lo acaparó Barcelona. Justamente por esta desproporción, sorprende que un museo “nacional” sea totalmente insensible a esta circunstancia. Y sorprende aún más, cuando el propio museo tiene secciones en otras localidades. Podría continuar con la reflexión, pero lo dejo para las conclusiones. Para acabarlo de rematar, en la misma sala hay una película de Méliès donde se ve la recreación de una erupción en La Martinica. Cualquier excusa es buena para ver una obra de Méliès, pero aquí desentona estupendamente. El film se hizo en Barcelona, sí, pero cuando se sabe que existió una Sala Mercè diseñada por Gaudí y una figura del calibre de Segundo de Chomón, no deja de sorprender la elección del film y su colocación.

El tercer apartado, El pintor de la vida moderna, es una paráfrasis hecha con obras de arte del texto homónimo de Charles Baudelaire. Me alegra el ánimo verla, puesto que mi estimado Ricardo Urgell está representado con un elevado número de piezas. Cómo ha cambiado todo desde aquel lejano 2001, cuando empecé a investigar sobre este hombre, de quien casi todo el mundo (yo también) sólo sabía una cosa: que era hijo de quién era. Seguidamente llego a La casa modernista, un apartado-cajón de sastre, que si no eres un aficionado a los muebles, nada te detendrá, lo que en este museo no es una cuestión menor: estamos hablando de casi 5 salas que la mayoría de la gente atraviesa a la velocidad de la luz. Exponer bienes muebles (cerámica decorativa, cómodas, etc.) nunca ha sido fácil, pero me aventuro a anotar una serie de intuiciones que creo que podrían servir. La primera es acabar con los pedestales. Particularmente, ver un fragmento cerámico presentado cómo si fuera un busto del emperador Adriano o un mueble que no toque el suelo (o casi), me aleja de estos artefactos (indirectamente, también me hace pensar en la vieja polémica de sí es lícito o no presentar los enseres de culturas tribales africanas, como si fueran esculturas o bibelots occidentales). Si la presentación de estos muebles se aproximara al trato primigenio que tenían sus usufructuarios originales, estoy convencido que la empatía de los espectadores actuales aumentaría. Entiendo que no se puedan tocar, ni abrir y cerrar los cajones alegremente, pero sí que se podría hablar más de su uso, de los objetos -hoy inexistentes- que conservaban, de los edificios con los que se relacionaban y de las personas que los poseían y los hacían. Un aire más cálido y didáctico, en definitiva, tener más presente los componentes vivencial y personal de todos ellos. De cara a la futura preservación de nuestro patrimonio, es importante tener como hito que toda aquella gente que ya le suenan los principales nombres de la pintura e incluso a los foráneos Gallé y Thonet, sepan de los Pujol y Bausis, Rigalt Granell, Homar y otras sagas. Es una lástima que no se hayan aprovechado estas salas para crear un incipiente star system (y si la intención era no crear ninguno, que lo era, hubiese estado bien pararse como mínimo a explorar en detalle las espectaculares marqueterías de algunos muebles: contienen suficientes detalles para crear afición a los visitantes). Tal como están dispuestos ahora todos estos objetos, parece que los hayan colocado a regañadientes, medio obligados para llenar los espacios. Hacia el final de todo este muestrario, en medio de un jarrón y una lámpara, casi como colofón, aburrida y mal iluminada, nos topamos con una tela de Modest Urgell. Nunca jamás me habría pensado que alguien –y todavía menos yo, que he “batallado” desde siempre contra la losa de su nombre en relación a su hijo- lo tuviera que reivindicar. Siempre he creído que Modest Urgell se merece un estudio absolutamente diferente, transversal, desde disciplinas diversas (sobre él y sobre cómo consiguió que tanta gente colgara pinturas de una melancolía extrema en sus hogares y despachos). Para empezar, desde la psicología, la comunicación (fue el creador de una marca) y la literatura. Siempre pintaba “lo mismo”, en efecto, pero conseguía atraer la atención de los más grandes y de los más jóvenes, como Picasso, Miró (quién dedicó varios dibujos a analizar su pintura) o Dalí (en su fundación podemos ver un fantástico cuadro de Urgell, que él mismo se encargó de adquirir). El lugar secundario que ocupa esta tela, pues, no es el que se merece este autor, a pesar de que soy plenamente consciente (y Urgell también lo era) que sus cuadros eran un signo de ostentación y por lo tanto de decoración.

Finalmente, llego a la sección con la que los responsables de la institución afirman que Gaudí ha entrado en el museo. Me pregunto si hacía falta. Algún día escribiré sobre esta cierta obsesión de organizar cosas –lo que sea- vinculadas a las marcas de Dalí y Gaudí. Un estudio profundizado sobre el tema, nos obsequiaría momentos de humor impagables. Repasemos: un par de rejas, dos vitrales de una masía, una barandilla, un altar litúrgico, un fragmento de trencadís, sillas, una mesa y puertas, muchas puertas. A excepción de estas últimas (todas ellas de la Casa Batlló), que están colocadas de lado y permiten un interesante ejercicio comparativo, todo lo anterior dudo que sirva de nada para que el visitante se lleve una mínima idea de la magnificencia del arquitecto y su obra. Quizás para que alguien descubra que el señor de la Sagrada Familia, aparte de hacer basílicas, también hacía muebles, además de reforzar la imagen del Gaudí más epidérmico, decorativo, cuando uno de sus puntos fuertes, genialoides, precisamente es el estructural, el puramente arquitectónico, tal como me apuntaba el profesor Reinald González en la universidad. Vino solamente un año a hacer una sustitución y recuerdo sus clases con agrado. Conectaba su conocimiento con la realidad presente, no tenía ínfulas académicas, explicaba los temas con pasión y acabó dando un trabajo -quién da más- a una compañera brillante, a Emma. Pero lo más importante de todo, es que nos dio a todos los pupilos un consejo que siempre más me ha acompañado: no os olvidéis nunca de mirar hacia arriba. Todavía recuerdo cuando volví a mi pueblo, le hice caso y descubrí un montón de detalles maravillosos que me habían pasado desapercibidos toda la vida. En resumen, a Gaudí se le tiene que ver en la calle, pisarlo. Si uno pretende encapsular su arte a través de elementos accesorios tiene todas las de perder. En cuanto a la isleta Jujol, me alegra que su nombre se ponga de lado del de Gaudí y me recuerda aquella mítica mesa redonda sobre este arquitecto, en la sala oval, donde invitaron a John Malkovich y no cabía ni una aguja. Se ve que el hombre había comentado que Jujol le gustaba. ¿Cuál habría sido el aforo sin el famoso? Cómo somos, los humanos. Afortunadamente para el chico de Illinois, la moda de los selfies no había explosionado.

El siguiente apartado es Modernismos conservadores, donde básicamente se acumulan obras que se veían en “las galerías, las exposiciones o los salones” y que eran “una manera de satisfacer la mala conciencia de la burguesía”. Todo ello demasiado maniqueo, de manual. En efecto, son obras de lucimiento para certámenes, formativas, que se inscriben en una tendencia, pero su visionado era más bien escaso. Por otro lado, destacar la palabra “conservador” solamente en este apartado resulta a mi parecer algo iluso. Todos los apartados inmediatamente anteriores –incluido el inmaculado Gaudí- son susceptibles de recibir la etiqueta. Todo dependerá del punto de partida desde el que se parta: el patriarcado, el estilo, la novedad, la evolución tecnológica, etc.

El agotamiento empieza a aflorar. Llevo muchas obras vistas. Los tres últimos apartados son Simbolismos 1 y 2 (!), más Bohemia, miserabilismo y pintura negra. Nada que añadir, a excepción del siempre raro Nonell. Miro el espacio donde lo han colocado y me vienen a la cabeza aquellas pequeñas y exquisitas salas en los laterales del Orsay, dedicadas a un solo autor (o a más de uno, pero con una afinidad absoluta), que cuando sales de ellas tienes la sensación de haberlos entendido, de llevarte algo de todos ellos. Tal como está dispuesto ahora en el Museo Nacional, a Nonell sólo lo podrás entender si lo conoces de antes, talmente como un amigo de la lejana infancia. Es lo que hay, qué le vamos a hacer.

**Hasta aquí la segunda parte de mi crítica. El mes que viene, encontraréis la tercera en este mismo blog.

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