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Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

Goya y los clichés

Fragmento de <i>Saturno</i>, obra de Francisco de Goya.
Fragmento de Saturno, obra de Francisco de Goya.

Fue seguido. Primero me lo encontré en un artículo y después en la televisión. Durante el verano pasado, el periodista Peio H. Riaño de El Confidencial invitó a varios políticos a acompañarlo al Museo de Prado, escoger una obra y hablar sobre ella. Cuando le tocó a Begoña Villacís, la portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid (uno de los miles de rostros nuevos que ha tenido que conseguir a toda prisa este partido por toda España), eligió el cuadro Saturno devorando a uno de sus hijos de Francisco de Goya: “no es la que más me gusta de las pinturas negras, pero me produce tanta inquietud. Creo que es un lugar de encuentro con la parte más negra de uno mismo” o “Saturno es el padre y se los comió antes de que le sucedieran… eso es la política en sí misma. La política desorientada, la que se acaba convirtiendo en un juego de poder y de lealtades. Eso representa este cuadro”, eran algunas de sus interpretaciones sobre la obra.

Pocos días después de leer el artículo, hacía zapping y me tropezaba con el film Wall Street 2: el dinero nunca duerme de Oliver Stone. Y hete aquí que me lo vuelvo a encontrar: Josh Brolin y Shia LaBeouf comparten una escena en la que el primero le muestra un estudio o una supuesta copia inédita del Saturno de Goya, a la vez que le advierte sobre el canibalismo incesante que marca el mundo de las altas finanzas (disculpad las imprecisiones, pero no hice ningún esfuerzo para retener la película).

Todo ello me hizo reflexionar sobre cómo nos apropiamos de Goya y sus sempiternos clichés. La Sra. Begoña (o su asesor de imagen) tiene muy claro lo que significa el cuadro para ella y para su imagen pública y el Sr. Oliver (o su guionista) probablemente lo eligió porque le iba como anillo al dedo para la trama de su película: la obra es literalmente violenta, sangrante (la versión más refinada que del mismo tema hizo Rubens –también en el Museo del Prado- nunca habría sido tan efectista como la de Goya). De hecho, la espectacularidad de la imagen facilita hacer un uso partidista de ella. En cuanto a mí, desde que tengo uso de razón, en casa, en las aulas, siempre se me ha ido repitiendo que Goya es un genio, un precursor, un consumado creador de metáforas políticas, el primer expresionista.

No dudo que sea verdad, pero siempre he tenido la sensación (bien, la certeza) que estos mantras –el mito- me han impedido acercarme a su obra de una manera espontánea. Me habría gustado poderlo hacer, pero quizás esto es querer lo imposible. Goya “es musho Goya” cómo dirían algunos filósofos del fútbol. Con algunas obras suyas, parece que no haya iconologia que valga para captar su significado real: es tanta la oscuridad y la profundidad enraizada en la intimidad del artista (incluso en sus retratos nobiliarios, algo que poquísimos pintores han sabido hacer a lo largo de la historia), que poner un poco de luz interpretativa, es un ejercicio falaz, absurdo.

Pero intentémoslo. Parémonos ante este Saturno que todo el mundo le gusta citar y miremos qué hay. Lo primero que se tiene que conocer: esta obra pertenece a las llamadas “Pinturas negras”, un conjunto de catorce pinturas que Goya realizó al óleo (no al fresco) directamente sobre las paredes de dos salas –la planta baja y el piso de arriba- de la conocida como Quinta del Sordo, una casa cercana al río Manzanares –dicen que en el actual nº 32 de la calle Saavedra y Fajardo de Madrid (la construcción se derruyó en 1909)- que el artista adquirió en 1819 y que en 1823 –antes de marchar hacia Francia- legó a su nieto Mariano (éste la transferiría en 1833 a Javier Goya -su padre- y la recuperaría en 1854). Poco después, la propiedad pasó a Segundo Colmenares (1859), a Louis Rodolphe Coumont (1863) y finalmente al barón Frédéric Émile d'Erlanger (1873), un banquero belga con residencia en París, que encargó inmediatamente el traslado de las pinturas a lienzo para intentar venderlas, como probaría de hacer sin mucho éxito en la Exposición Universal de París de 1878. Al darse cuenta que no las vendería nunca (es una suposición mía, pero dudo que me equivoque: eran unas pinturas en que dominaban los pigmentos oscuros y los temas eran de lo más sombríos), las cedió en 1881 al Estado Español, que las destinó al Museo de Prado, donde serían arrinconadas en el sótano una buena temporada. Ahora, paradojas de la vida, son uno de los principales motivos por los que la gente visita el museo.

A pesar de tener el inventario de las obras de la Quinta del Sordo que redactó el pintor Antonio de Brugada (en principio, después de la muerte de Goya) y las fotografías de Jean Laurent (1873), no hay un consenso claro sobre la colocación de las catorce pinturas, como tampoco hay un acuerdo sobre cuál era el programa iconográfico, si es que lo hubo. Además, tampoco se sabe con certeza, si Goya había dado por acabadas las pinturas cuando partió hacia tierras galas. Lo que sí se ha constatado –gracias a los estudios radiográficos- es que debajo de estas pinturas había otras tantas de estilos diversos y que fueron parcialmente tapadas como también reutilizadas. La otra comprobación evidente es la que salta a la vista de cualquier mortal aficionado al arte: con estas pinturas, Goya huyó de cualquier pauta académica (pensemos que la estrella del momento en el mundo del arte local era el neoclásico Vicente López) y apostó por un estilo libre, que aplicó en unos temas donde la acción y la noche cambiaron –hasta el extremo- el aspecto final de los personajes.

Ahora que ya tenemos el contexto, miremos la pintura, situada originalmente a una de las paredes laterales de la planta baja de la Quinta del Sordo. Según la mitología griega, Cronos (Saturno, en la mitología romana) devoraba por sistema todos los hijos que iba teniendo, porque así anulaba la maldición que le había proferido su padre (el dios Urano, a quien Cronos le había cortado los testículos para evitar que tuviera más descendentes que le disputaran el poder): esta consistía en que la historia se volvería a repetir y que sería un hijo del propio Cronos quién lo apartaría del poder (para aquellos que les guste saber el final de las telenovelas, informo que la maldición se cumplió: Zeus, el último de los hijos de Cronos, gracias a su madre, se escapó del fatídico destino de ser engullido por su padre y cuando fue adulto lo derrocó, haciéndose con la cumbre del Olimpo y obligándolo a vomitar todos sus hermanos. La obra de Goya, pues, retrataría uno de estos truculentos banquetes caníbales, con un Saturno enloquecido, emergiendo de la oscuridad y con los dedos manchados de sangre... aunque en verdad, si uno observa el festín de cerca, no parece que esté dentelleando un niño, sino más bien el cuerpo de un o una joven. Pero qué más da: aquí lo que importa es la acción.

Las primeras personas que vieron la pintura, por falta de costumbre, obviamente la rechazaron. Pierre Leonce Imbert, por ejemplo, la describió a su libro Espagne. Splendeurs et misères. Voyages artistique et pittoresque (1876), como “repugnante”. Pero después la cosa cambió y muchos artistas –y por extensión, el arte contemporáneo occidental- estuvieron bajo el influjo de estas pinturas de Goya y sus grabados espiritualmente cercanos: José Gutiérrez Solana, Antonio Saura, Francis Bacon... y evidentemente los hermanos Jake y Dinos Chapman, a quienes en 2003 se les acudió pintar encima de una ochentena de grabados de Goya, pertenecientes a una edición original de 1937 de la serie Desastres de la guerra.

Pero ya he dicho que Goya es “musho” Goya y que la tentación de ver más cosas (con razón o sin ella) siempre está ahí. Para algunos, este Saturno simbolizaría el estado de ánimo de Goya, muy tocado por su ancianidad y la enfermedad que sufrió en 1819. Para otros, una alusión directa al mítico dios y ambiguo planeta que, según la tradición, influye a los artistas nacidos bajo su signo, convirtiéndolos en figuras solitarias y melancólicas, o sea, en representantes de la idea moderna del hombre como genio. Pero todavía hay más: hay otra gente que identifica este Saturno con el monarca Fernando VII, quien en aquel momento luchaba para no perder sus privilegios.

Que cada cual elija la interpretación que más le apetezca. Ninguna de ellas, le resta un ápice a su aura mítica, pero... cuando sabes que la obra ha sido restaurada tres veces (la primera, en 1873, por el pintor valenciano Salvador Martínez Cubells, el restaurador del Museo de Prado en la época a quien el barón de Erlanger le encargó que arrancara las pinturas de las paredes de la Quinta del Sordo) y que una de las zonas más dañadas fueron los ojos, los cuales fueron repintados, te mosqueas un poco.

Y es que a veces no querrías saber, porque si después de saber que los ojos estan retocados te enteras que Juan José Junquera, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, afirma que Saturno y el resto de pinturas no son de Goya, sino de su hijo, te vienen ganas de coger las llaves de casa e irte a dar una vuelta. Según Junquera, la casa tenía en origen una sola planta y la segunda se la añadieron los descendientes del pintor, una vez éste ya había muerto. Javier Goya, el único hijo que sobrevivió al artista (una persona habilidosa con los pinceles, según su propio padre), seria el autor y, por esta regla de tres, Saturno –esto no lo afirma el profesor- podría ser el propio Goya (!) comiéndose a su vástago. La otra pieza clave de esta hipótesis es Mariano, el nieto: una buena alhaja que se dedicaba a especular con terrenos, préstamos y naturalmente los cuadros del abuelo. Él podría haber remachado interesadamente la nueva autoría de las pinturas que, a pesar de no ser de Goya, Junquera no duda a considerar de una “calidad indiscutible” (Tomás García Yebra, “Las pinturas negras, ¿son de Goya?”, Diario de León, 02-05-2003, edición digital).

Pero cuando ya estoy a punto de traspasar el umbral de la puerta para hacer el paseo que debe serenarme, Nigel Glenndining, profesor de la Universidad de Londres, consigue que mi mal humor se disipe. En un artículo de réplica basado en documentos de época, va contradiciendo una por una las teorías de Junquera. En cuanto a Saturno, Glendinning escribe: “pintar un conjunto de cuadros regido por Saturno, que preside la séptima y última edad del Hombre —o sea, la vida a partir de los setenta años— requeriría una capacidad imaginativa fuera de lo común, y una gran originalidad que no parecen características del hijo de Goya. (...) Por mucho que supiera de las obras de su padre y su manera de trabajar, no hay nada que nos permita suponer que fuera capaz de pintar las catorce obras maestras que nos siguen apabullando y desconcertando a muchos, a pesar de los defectos producidos por el tiempo, la trasportación al lienzo y la primera restauración, y horrorizando aún, al parecer, a «los aficionados al Arte académico, justo, medido y acabado»” (Nigel Glendinning, “Las pinturas negras de Goya y la Quinta del Sordo. Precisiones sobre las teorías de Juan José Junquera”, Archivo Español de Arte, LXXVII, 2004, 244-245). Lo que dice, parece bastante lógico.

Ya más tranquilo, sentado en el sofá, Carlos Foradada, profesor de la Universidad de Zaragoza, me aflige de nuevo. Ha repasado a fondo las imágenes tomadas por Laurent (finalmente digitalizadas) y las modificaciones de Martínez Cubells irían más allá de lo que creíamos (antes no había manías a la hora de repintar; es ahora que la restauración se basa en la mínima intervención y la reversibilidad); tanto es así que el el famoso perro semihundido con la mirada perdida, en realidad estaría mirando el vuelo lejano de dos pájaros y que el Saturno original que pintó Goya era más fiero que el que podemos ver ahora: “los ojos de Saturno coinciden con sendas pérdidas de capa pictórica y en su restauración la mirada pierde un elemento de sorpresa fundamental y salvaje. Pero es que toda la cabeza resultó muy dañada en su paso al lienzo. El pelo de matices fluctuantes que aparece en la fotografía cambió con los repintes. La sombra del pómulo, a la izquierda, desaparece, quitando volumen al rostro, cuyo aspecto actual es mucho menos fiel a la anatomía (zonas óseas, partes blandas) a la luz del original. Qué decir de la figura desgarrada, un cuerpo femenino al que Goya marca perfiles sangrientos muy decididos, que el restaurador empasta, y pierde volúmenes y sombras adecuadas, veladuras y perfiles como el que indica que el dios hunde sus dedos en la carne de su víctima...” (Jesús García Calero, “La versión original que pintó Goya”, ABC, 03-01-2011, ed. digital).

Aturdido, finalmente llego a un estado de paz espiritual. Manuela Mena, conservadora jefe de la pintura del siglo XVIII y Goya en el Museo de Prado, famosa en el mundo entero por retirar la autoría de Goya a un elevado número de obras (incluso al Coloso, lo que ya le han rebatido numerosos colegas), afirma que “en esas pinturas veo la cabeza de Goya (el pensamiento) detrás de muchas cosas; la mando también. Parte del problema que tenemos que deslindar se dónde está él, qué fue arreglado, qué terminado... (...) Las pinturas negras sueño un icono de determinados movimientos artísticos de principios del siglo XX, del Goya de la modernidad. Dudar de ellas es como meter el dedo en el infierno” (Natividad Pulido, “Manuela Mena: «No me tiembla la mando al retirar la autoría a un Goya, siento alegría porque se hace justicia al artista», ABC, 14-10-2013, ed. digital).

Esté más o menos retocado, llego a la conclusión –por todo lo que he leído de los sabios- que Saturno es de Goya. El mito, pues, sobrevive y mi admiración por ese artista capaz de hacer cosas tan diferentes, hacerlas bien y antes de que nadie, se mantiene intacta, a pesar de los sustos y los interrogantes aún por esclarecer. Eso sí, después de tanta teoría, lo único que quiero es coger un tren, volverlo a ver (sin leer nada más, por favor) y perderme después –convertido en sombra- por el Madrid de los Austrias.

P.S. Museo de Prado, Mena, Junquera, Foradada y otros especialistas (Glendinning, desgraciadamente ya no lo puede hacer), un ruego: pasaos toda la información (la inédita también) y reuníos después para llegar a un consenso de mínimos. Si queréis, ya os monto yo el congreso internacional.

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