Diderot! arte y acciones artísticas

Teléfono
+34 615 567 243
Correo-e
box@diderot.info
ca
es

BETA

Blog del director
FAEDOR FAEDOR logo miquel-angel-codes-luna

Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

Wertíadas (II): el cautivo


Segundo capítulo y último sobre José Ignacio Wert. Si en el anterior explicaba como el ex-ministro se ha retirado de manera espléndida en París (para ser exacto, tendría que decir que ha ido “a trabajar”, pero dejo para vosotros que valoréis cuál de las dos expresiones es la más adecuada), en este narraré el único contacto presencial –si se puede decir así- que tuve con él, más algunas reflexiones que se derivan de ello.

Era el 16 de noviembre de 2012 y yo estaba en Feriarte –la feria de anticuarios de Madrid- haciendo de aprendiz de vendedor de cuadros. Entre los expositores ya había corrido la voz que el ministro Wert inauguraría la feria. Resultaba gracioso, porque hacía un par de semanas que este señor había proclamado a los cuatro vientos que la intención del Gobierno de España era “españolizar a los alumnos catalanes”. Era el ministro de moda, sin duda. Mientras no llegaba, para matar las horas, iba fantaseando con la conversación que podríamos mantener si se paraba en mi estand, a pesar de saber en el fondo de mi corazón que esto nunca pasaría. ¿Por qué? Bienvenidos al maravilloso mundo subterráneo del Protocolo.

El protocolo viene a ser aquel conjunto de reglas que hay que tener en cuenta especialmente en actos públicos (a la vista de muchos), pero también privados (a la vista de pocos). Este conjunto de reglas se divide –según El Manual de protocolo de Francisco López-Nieto- en tres grupos: las normas de carácter moral (las vinculadas al deber de moral, por ejemplo, la solidaridad entre iguales); las normas de carácter social o de etiqueta (aquellas meramente convencionales, variables en el tiempo y en cada país, que no estás obligado a cumplirlas, pero que si no las obedeces te supone una sanción social) y las normas de carácter jurídico (aquellas dictadas por el Estado o la comunidad internacional, ya sea por derecho positivo o consuetudinario).

Sobre estas últimas, en el caso del estado español, el Departamento de Protocolo (incluido en la Secretaría General de la Presidencia del Gobierno), es el órgano más importante en esta materia (aparte, cada ministerio –como no- tiene su jefe de protocolo). A nivel autonómico, cerca de la mitad de comunidades autónomas tienen leyes propias de protocolo. Catalunya es una de ellas, pero algunas de sus normas –caray, qué sorpresa- fueron declaradas inconstitucionales. Talmente como pasa en Madrid con los ministerios (a veces, las diferencias entre Madrid y Barcelona son casi imperceptibles), cada departamento de la Generalitat tiene su oficina de protocolo (un total de 12 oficinas a las que se tiene que añadir un Gabinete de Relaciones Externas y Protocolo). En cuanto a las diputaciones y las administraciones locales, muchas de ellas también tienen sus respectivas oficinas o personal de protocolo.

Un montón de gente, pues, velando para que el protocolo marche correctamente y así los ciudadanos podamos dormir más tranquilos. Los aspectos más vistosos de esta ciencia serían la precedencia (las preferencias en la colocación de los invitados), los tratamientos honoríficos (siempre me ha chocado, por ejemplo, que a un ex-presidente se le diga “presidente”, pero descubro con estupefacción que hay una ley que así lo dispone); los honores militares o la indumentaria.

Ahora, volvamos de nuevo al frío noviembre madrileño de 2012, cuando Wert tenía que inaugurar Feriarte. Al ser una visita rápida que transcurriría la mayor parte del tiempo en movimiento, no podía ser un acto excesivamente regulado. Consecuentemente, lo que tenía que imperar por parte de todos era la simple cortesía, las normas de carácter social. Por mi parte, no llevando chaqué (este sólo se puede traer hasta las 19:00) y tratándolo de “Excelentísimo” –el tratamiento que le correspondía por ser ministro- habría quedado como una persona con unas formas verdaderamente exquisitas (por suerte, no era un acto militar y no tenía que presentarle el arma). Pero como ya he avanzado, Wert nunca vino a saludarme. De hecho, IFEMA (Feria de Madrid, la entidad organizadora de la feria) y la jefa de protocolo del Ministerio de Cultura ya habían decidido donde se pararía. El criterio a seguir no dejaba lugar a dudas: el ministro se pararía en los estands de los expositores que habían contratado más metros cuadrados (no era mi caso).

Y cómo se suele decir, Wert llegó y con él el espectáculo, un show que se podría denominar la “Danza del Cautivo”. El argumento es muy sencillo: un señor muy poderoso (un ministro) queda absolutamente anulado por una señora (la jefa de protocolo), quién le dice lo que tiene que hacer como si fuera un mozalbete (paradas de no más de 5’ en cada estand e irse corriendo hacia el siguiente con una sonrisa congelada), mientras los siguen un corro de gente que nadie sabe muy bien quiénes son, pero que siempre están allá donde haya un acto oficial en la capital. De cara a la interpretación de los bailarines, es muy importante que el señor poderoso muestre en cada estand una mirada totalmente perdida, como si le quisiera decir a su interlocutor “¿qué me estás contando?”; mientras que el mencionado interlocutor tiene que corresponder al señor poderoso con un gesto similar, con cara de preguntarse “¿y qué le cuento ahora yo a este señor?”.

Quizás haya llegado la hora de repensar la necesidad del protocolo en los actos oficiales en el campo del arte (en el ámbito privado, es otra historia que no deja de tener su encanto). Quizás sería más interesante que un ministro se paseara libremente por la feria, parlamentase de manera natural con los expositores y que, en el caso de querer cambiar de sitio o quitarse de encima un latoso, hiciese una señal a su asistente (¿tocándose el lóbulo de la oreja?) para que éste actuara. Quizás sería más productivo que fueran a menos actos y dedicaran más tiempo a comprobar con sus equipos la eficacia real de sus políticas. Lo digo porque si los políticos preguntasen a los agentes culturales cuáles de estas opciones les convencen más, quizás se llevarían una sorpresa al comprobar que les interesa más que la política ayude de verdad a fomentar la cultura (y que el dirigente se presente a la actividad si le apetece o está mínimamente motivado, teniendo claro que un alto cargo –si se toma seriamente su trabajo- es una tarea dura y que el cansancio puede hacer que muy pocas tardes tenga ganas de visitar nada y sólo quiera irse a su casa), que no la fotografía de turno, por más que su presencia atraiga a los medios de comunicación. Entiendo que se haga como deferencia, reconocimiento, incluso para ganar votos, pero el carrusel de visitas en el que se montan algunos altos cargos es tan surrealista como inútil. Pienso ahora en Fleur Pellerin, la ministra de cultura francesa que afirmó por televisión que hacía dos años que no leía ningún libro, por culpa de su trabajo. Con ella quiero acabar:

Fleur, estimada, frena, desconecta hacia las 19:00 como muy tarde y, cuando estés descansada, lee lo que te apetezca. Si no lo consigues, llama a José Ignacio –vive en París- y te explicará como hacerlo. Se lo sabe montar muy bien.

Este sitio web emplea cookies propias y de terceros para su navegación y personalización (puedes leer sobre nuestra política de cookies aquí). Si utilizas este sitio web, se sobreentiende que aceptas su uso. Puedes cerrar este mensaje clicando en la galleta.