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Blog de Miquel-Àngel Codes Luna

Soy . Dirijo diderot! Arte y acciones artísticas. Este es un blog de crítica de arte que se puede hacer, que debo hacer.

Crítica a «Viaje de invierno» de Schubert. Anatomía de una obsesión de Ian Bostridge


He sabido no hace mucho tiempo que me gusta Schubert. Y digo “saber” y no “descubrir”, porque con Schubert estoy convencido que la cosa va de saberlo a tiempo o a destiempo, de desvelarlo. Esta toma de conciencia, como me acostumbra a pasar, me ha sobrevenido por una acumulación de situaciones fortuitas: el algoritmo mistérico de Spotify; el hallazgo feliz de un disco en casa que ignoraba totalmente que estaba ahí (Schubert, deixeble de Salieri de la Orquesta de Cámara de Granollers, grabado en el año 2000 en la iglesia de N.S. de l'Esperança de Barcelona) y la preparación de la exposición de Modest Urgell para el Museu d'Art de Girona (cuando escuchaba las canciones de Schubert y miraba los cuadros de Urgell, el hermanamiento aparecía espontáneo, ¡son un par de románticos!).

A todo esto, un día de junio leía un artículo propagandístico del ABC a favor de la reina de España –son textos que me van muy bien para distraerme- y allí lo encontré citado: “[Doña Leticia] comentó que acababa de leer Viaje de invierno de Schubert y que su autor, Ian Bostridge, le había parecido uno «gentleman»”. Inmerso como estaba en un tipo de schubertíada laxa, busqué más información sobre el libro y me enteré que tenía un subtítulo: “Anatomía de una obsesión”. La editorial (Acantilado) me inspira(ba) confianza y me pareció interesantísimo añadir un tercer obsesionado al proyecto de la exposición (Urgell – Schubert - Bostridge). El primero tenía fijación por la Cataluña crepuscular, el segundo por el(los) dolor(es) inevitable(s) y el tercero por un ciclo de canciones –Winterreise (“Viaje de invierno”)- compuesto por el segundo.

Bostridge es un tenor que ha recorrido el mundo cantando y que en 1990 se doctoró en Historia por la Universidad de Cambridge. Según cuenta, Winterreise es una de sus obsesiones y también el ciclo por el cual lo contratan a menudo por todas partes. Si se tiene en cuenta que el propio Schubert consideró este conjunto de veinticuatro canciones como algo diferente a todo lo que había hecho anteriormente, se entiende mejor. Joseph von Spaun recordaba –tal como recoge Bostridge en el libro- que Schubert le comentó: “«Ven hoy a casa de Schober, voy a cantaros uno ciclo de canciones espeluznantes. (...) Me han costado más esfuerzo que cualesquiera otras de mis canciones». Nos cantó con una voz llena de emoción Viaje de invierno completo. Nos quedamos absolutamente anonadados con el tono sombrío de estas canciones, y Schober dijo que solo le había gustado una canción, “El tilo”. A lo que Schubert respondió únicamente: «A mí me gustan estas canciones más que todas las demás, y a vosotros también os pasará lo mismo»”.

Para describir el ciclo al dedillo, Bostridge apuesta por una planteamiento original: coger como pretexto -y esquema ordenador de todo lo que quiere explicar- las 24 canciones que conforman Winterreise que se inspiran a la vez en 24 poemas de Wihelm Müller (sí, sí, un “álbum conceptual”, como el de Rosalía). La elección de este formato tiene dos cosas positivas: marca el ritmo necesario para que el libro no caiga de las manos y el suministro de alimento abundante para los curiosos sin remedio. Con el libro he aprendido, por ejemplo, que Goethe afirmó aquello de "llamo clásico a lo que está sano y romántico a lo que está enfermo” (¡pobres wertherianos!); que Novalis –poeta adorado por Schubert- escribió “en la distancia todo se convierte en poesía” (cuánta verdad) o que el derrumbe de la cronología bíblica en relación al planeta se aconteció en el siglo XVIII (con todas las derivadas de choque de mentalidad que esto supone). He descubierto personajes como Wilson Bentley (un señor de Vermont que fotografió más de 5000 cristales de nieve y que murió después de andar 10 kilómetros bajo una tormenta de nieve... Hollywood: ¡película ya!) o Johan Senn, otro señor, amigo de Schubert, detenido en Viena el 1820 por la policía y que en el atestado correspondiente consta que les espetó que “el Gobierno era demasiado estúpido como para poder penetrar en sus pensamientos” (maravilloso). También he sabido que Schubert asistió al entierro de Beethoven (ríete de las cumbres del G-7); que el poeta Keats –pensando en Shakespeare- formuló un concepto interesantísimo, la capacidad negativa (“cuando una persona es capaz de soportar incertidumbres, misterios, dudas, sin buscar desesperadamente las causas y las razones”); que la soledad de los errantes de Schubert y del contemporáneo Friedrich tienen también una lectura política (¿hay mejor portada para el Winterreise que el Der Chasseur im Walde de Friedrich?), como también que Schubert es un maestro en avanzarse a las palabras y/o convertirlas en notas musicales (solo hay una canción en Winterreise en que el piano vaya realmente solo).

Por lo tanto, el libro ha merecido la pena... pero no era lo que buscaba, claro. Yo quería encontrar la obsesión, buscaba la visión de un cantante que no se cansa nunca de interpretar un mismo tema y esto no está, o quizás sí, pero demasiado diluido. Bostridge escribe “la ejecución es un encuentro entre el compositor, el intérprete y el oyente, y la pieza solo puede crearse conjuntamente entre los tres”. Creo que en el libro hay mucho “compositor”, mucho “oyente” (muchos datos destinados al deleite de este) y poco “intérprete”, aparte del hecho que el formato escogido puntualmente le va a la contra: hay alguna canción en que la información adjuntada entra pero que muy forzada (por ejemplo, en el capítulo-canción “Rast”). Dicho esto, hay que dejar bien claro que el libro está escrito por un doctor en Historia de Cambridge y que el autor no ha rellenado los capítulos buscando palabras clave en Google (hay trabajo y maduración). Para acabar, a pesar de que los experimentos han corroborado que la música tiene tanta fuerza emotiva que incluso los músicos profesionales tienden a no escucharla en un sentido técnico, Bostridge se dirige -a veces- únicamente a su gremio, con una terminología imposible para los no iniciados.

Mi recomendación como oyente esporádico de clásica, es que primero se lean los poemas de Müller (la palabra y la música en Winterreise son indisociables), después que se escuche el ciclo de Schubert (primero con Bostridge -como gesto de gratitud por el trabajo realizado- y después con Dietrich Fischer-Dieskau para comparar y discutir en el bar de abajo de casa quién lo hace mejor) y finalmente, después del silencio (Schubert provoca más silencio que aplauso), si estáis en paz y queréis saber cosas porque sí, el libro. Ah, Schubert murió a los 31 años. Hay gente que se pone en serio.

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